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martes, 24 de febrero de 2015

Berlín 1846









Tal día como hoy, hace 169 años, “la hora de la seda negra” visitaba en su casa de Berlín al joven poeta de vida tan apasionada como efímera, Enrique Gil.
La posteridad le conoce como Gil y Carrasco, aunque él firmaba sus artículos y críticas como «Enrique Gil», pero él mismo o su editor Mellado pusieron los apellidos unidos y quedó para siempre «Enrique Gil y Carrasco»: nadie le acompañó en su muerte solitaria, menos amigos aún asistieron al entierro más triste bajo el invierno de Prusia.
Sin sensiblerías, es seguro que el poeta murió pensando en El Bierzo y en su familia empobrecida: dos obsesiones que reitera en el viaje por Europa y en sus últimas notas y manuscritos. Cada valle, cada paisaje que contemplaba le recordaban los valles y paisajes del Bierzo.
Enrique Gil, nacido el 15 de julio de 1815 (por eso este año celebramos su bicentenario), murió el 22 de febrero de 1846: solo tenía treinta años. Una vida breve, pero intensa. Fue un humanista de inteligencia profunda y cultura inmensa: lo había leído casi todo, desde los latinos a las vanguardias europeas que llegaban desde Londres y París, pasando por los clásicos del siglo de Oro. Su criterio sosegado y amable no hace concesiones a la galería: severo consigo mismo, exigente en el matiz, riguroso en el dato. Su forma de escribir transpira aún hoy aroma de elegancia, voluntad de estilo, amplitud de horizontes.
Buen relaciones públicas –llega a Madrid desnudo y en pocos meses goza de la amistad de Espronceda, Romea y su círculo, y es un imprescindible del Parnasillo–, Gil no es fácil de clasificar: es poliédrico y fecundo. Fue visionario: su poesía antecede en treinta años la de Bécquer y Rosalía, e ilumina el Modernismo. Fue heterodoxo, revolucionario entre los moderados y moderado entre los revolucionarios masones de Espronceda y entre los carbonarios de Luis González Bravo, su amigo y presidente del Gobierno, quien le envía a Prusia con una secreta embajada.
Ambiguo, solitario, infeliz, murió sin apenas quejarse tal día como hoy, a las siete de la mañana; y aunque dicen que reposa en una cripta de Villafranca, yo sé que sigue y seguirá para siempre en Berlín.
@ValentinCarrera
La Nueva Crónica, 22 de febrero de 2015
Obras completas de Enrique Gil en Biblioteca Gil y  Carrasco

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